Entrevista al Secretario de Exteriores de la CNT

Con motivo del Congreso fundacional de la Nueva Internacional, entrevistamos al Secretario de Exteriores del sindicato, Miguel Pérez. Nos explica los entresijos de este histórico evento, que pretende crear un espacio que relanzará las ideas libertarias a nivel mundial.

¿Puedes describir el proceso que ha llevado hasta este congreso fundacional?

Bueno, el proceso como tal arranca en el XI Congreso de CNT, en Zaragoza, en diciembre de 2015. Allí se decidió lanzar de forma inmediata un proceso de fundación de una nueva internacional. Entonces no lo podíamos saber, pero parece que estábamos tocando una fibra sensible del anarcosindicalismo a nivel mundial, dado el inmenso interés que se ha generado y la necesidad que se percibía de una internacional operativa.

Sea como sea, varias organizaciones hermanas, como son FAU de Alemania, USI de Italia y la histórica FORA de Argentina se sumaron al proyecto. En seguida nos dimos cuenta de que el proceso iba a ser largo y de que era mejor caminarlo despacio, buscando siempre los consensos, para llegar a tener una Internacional que evitase caer en los errores del pasado y que respondiese a las necesidades actuales del anarcosindicalismo a nivel global. A partir de ahí, convocamos la Conferencia Internacional de Barakaldo, en noviembre de 2016, a la que invitamos a una serie de sindicatos afines para presentar nuestra propuesta. Desde ese momento, las organizaciones que habíamos decidido sumarnos ya al proceso, empezamos a trabajar en la organización de este congreso fundacional, al que llegamos más de dos años después de iniciado el camino.

El proceso ha sido difícil en ocasiones porque todas las organizaciones integrantes somos horizontales (como no puede ser de otra manera), con procesos de toma de decisiones de abajo a arriba, y a menudo hemos tenido que hacer encajes de bolillos con el calendario para garantizar que se respetaban los plazos y los procesos internos de cada una. Por ejemplo, en CNT hemos celebrado tres plenos confederales en los que se ha tratado el tema de la Internacional. De hecho, en sucesivas etapas, los acuerdos tomados en estos plenos han constituido las columnas principales del proyecto. El ejemplo más evidente es el propio congreso fundacional, cuyas ponencias centrales son de los sindicatos de Compostela y Valladolid.

A título personal, quiero decir que siempre me ha impresionado la madurez de la que ha hecho gala la organización en estos debates y la oportunidad y relevancia de los acuerdos tomados. Nada habla mejor de ello que el consenso que han generado entre todas las demás secciones de la Internacional.

– ¿Qué es lo que más te motiva en la creación de la Nueva Internacional?

En primer lugar, creo que la capacidad de nuestras organizaciones de llevar a buen puerto un proceso tan largo y complicado habla mucho de la madurez que hemos alcanzado en los últimos años las organizaciones anarcosindicalistas, a nivel global. Esto encierra un gran potencial, que espero que la nueva Internacional ayude a desarrollar.

Después, me parece que en buena medida la idea de internacionalismo, en el ámbito libertario y sindicalista en general, pero también más allá, estaba muy distorsionada. Durante mucho tiempo ha parecido que bastaba con estar incluidos en una internacional formal y celebrar encuentros regularmente para ser internacionalista, aunque a menudo ese proyecto careciese de contenidos, más allá de la ocasional colaboración o muestra de apoyo simbólica. Esto ha dado lugar a estructuras internacionales que son cascarones vacíos, sin mucho contenido en su interior, pero con toda la parafernalia de grandes proyectos globales. En realidad, no hace falta irse al terreno internacional para entender por qué sucede esto. Cualquiera se puede dar cuenta de que una coordinación, a cualquier nivel, de la actividad de grupos que no tienen actividad solo puede ser formal y aparente. Es por eso que desde esta secretaría hemos insistido siempre en que el internacionalismo solo puede surgir como una extensión del trabajo de las secciones en el territorio local. No se trata, como erróneamente se ha querido interpretar, del tamaño de las secciones ni de su número, sino de que éstas aborden con entusiasmo un proyecto de construcción de una alternativa sindicalista revolucionaria en su ámbito local, y que a partir de ahí converjan con otras en el nivel internacional para ayudar a este proyecto local a desarrollarse.

En ese sentido, creo que ahora estamos en situación de aportar herramientas para construir un modelo de internacionalismo que supere lo formal y se construya como un complemento positivo a la actividad local de las secciones. Sin duda, esto exige explorar nuevas formas de solidaridad y trabajo conjunto entre las secciones, cuya coordinación deberá ser más estrecha y más flexible también. Hay mucho que desarrollar en este sentido, pero también hay muchas ganas e ilusión.

Puede parecer paradójico que el internacionalismo, así entendido, parta de lo local y vuelva al territorio, pero si se plantea de otra manera no pasa de ser una entelequia metafísica, sin relevancia alguna para el trabajo cotidiano de sus integrantes. Tengo la esperanza de que, por fin, el internacionalismo deje de ser una medalla que se cuelgan las organizaciones para cubrir el expediente y pase a ser una realidad que aporte recursos y contenido a la realidad local de las secciones. Me parece que esta nueva Internacional es la oportunidad de conseguirlo.

– ¿Qué propuestas ves más positivas de cara al Congreso fundacional de la Nueva Internacional?

En mi opinión, es muy positivo que las propuestas presentadas vayan claramente en la dirección de construir una Internacional que responde al modelo que he explicado antes. Por un lado, se busca explorar todas las formas posibles y necesarias de la solidaridad y el trabajo conjunto, desde la formación y el debate compartidos, hasta el apoyo en conflictos sindicales, campañas conjuntas, defensa frente a la represión, recursos compartidos, etc. La ponencia de Valladolid hace un listado exhaustivo de posibilidades en este sentido. No cabe duda de que unas se podrán desarrollar mejor que otras, dependiendo de las necesidades y posibilidades de las secciones, de que con el tiempo imaginaremos más formas de cooperación, etc. Pero como punto de partida me parece que nos marca un objetivo ambicioso y nos propone una serie muy amplia de tareas, como tiene que ser. ¡No va a faltar trabajo en la nueva Internacional desde el primer momento!

Por el otro lado, la propuesta de Compostela define una estructura flexible, que busca, precisamente, facilitar esta coordinación ente secciones. Me consta que la ponencia parte de compañeras y compañeros que han venido acompañando el proceso de la nueva Internacional desde el principio y se nota que hay tras ella una profunda reflexión sobre los errores cometidos en el pasado. Es evidente que la existencia de un comité de relaciones busca facilitar el flujo de información entre secciones y el desarrollo de propuestas directas de colaboración entre éstas. Precisamente, de eso se trata.

Lo más destacable es la sinergia que se da entre ambas ponencias, que se complementan a la perfección. Sin duda, habrá mucho que pulir en los meses y años venideros, pero este hecho constituye, a mi entender, una prueba irrefutable de que nuestra reflexión sobre el internacionalismo se enmarca ya en un nuevo horizonte, mucho más prometedor. También me parece extremadamente positivo que así lo hayan entendido las otras secciones, que han tomado ambas ponencias como documentos base a debatir en el congreso.

-¿En qué campos pensáis que la Nueva Internacional tiene más posibilidades de resultar útil a las trabajadoras y trabajadores?

Como he dicho antes, es hora de que nuestras organizaciones internacionales empiecen a hacer aportaciones positivas al desarrollo de sus secciones locales. Desde el momento en que el anarcosindicalismo y el sindicalismo revolucionario son, no ya útiles, sino necesarios a las trabajadoras y a los trabajadores de todo el globo, una Internacional que contribuya a su desarrollo y asentamiento no puede sino ser positiva. En este sentido, compartir experiencias, formación y recursos sería un primer paso en muchos casos.

Además, a menudo las condiciones laborales, salariales y de vida en un territorio vienen determinadas por el lugar que ocupa en una cadena global de producción y consumo. Una organización internacional se encuentra en posición de aportar perspectiva y análisis a esta estructura global y constituir el marco en el que planear una respuesta. No cabe duda de que nuestros recursos van a ser muy limitados en este sentido durante mucho tiempo, pero el objetivo es avanzar para poder acometer la respuesta a grandes procesos globales.

Finalmente, en el sentido de lo dicho anteriormente, la solidaridad internacional tiene que materializarse en actos que vayan más allá de emitir comunicados o realizar piquetes de solidaridad. La forma concreta de esta solidaridad dependerá, claro, de cada caso particular, de las necesidades de las secciones implicadas, etc. pero la nueva Internacional debería tender a plantear procesos y proyectos conjuntos que respondan a estas necesidades en función de sus posibilidades. Se deberán abordar estos casos con imaginación, creatividad y resolución y en ese sentido, el papel del comité de relaciones puede ser fundamental a la hora de facilitar estos procesos.

-¿Qué retos se tiene que plantear esta Nueva Internacional a corto, medio y largo plazo según vuestra forma de entenderla?

Bueno, como dice el periódico anarquista, está Todo por hacer. El primer paso evidente es construir el andamiaje que se decida en el congreso y organizarse para poner los primeros proyectos en marcha. A la nueva Internacional le esperan unos meses de trabajo muy serio para echar a andar. Además, como cualquiera que tiene un aparato nuevo, hay que aprender a manejarlo. Es decir, habrá que ver cómo se materializan en la práctica las formas de funcionamiento que se decidan, cómo se superan los fallos que se detecten (que los habrá, seguro) y desarrollar una cultura y una ética organizativas. Todo esto se dará con el tiempo, pero es evidente que es el objetivo de la nueva Internacional en el plazo más inmediato.

A medio plazo, se deberán recoger y materializar estas nuevas formas de colaboración y solidaridad. Conforme se avance en este proceso, es de esperar que empecemos a ver más instancias en las que el internacionalismo se incorpore a la práctica cotidiana de las secciones en el terreno local. Esto será un proceso gradual, en el que se avanzará conforme la nueva Internacional se demuestre capaz de responder a las necesidades locales. En cierta medida es un proceso que ha empezado ya, pero del que no podremos conocer su verdadero potencial hasta que empiece a desplegarse en serio, una vez constituida la Internacional y puesta en marcha. En este sentido, me parece que el objetivo no debe ser tanto aumentar el número de secciones que integran la Internacional sino estrechar la relación entre sus componentes. Es decir, desde luego se van a ampliar los contactos con todos los grupos anarcosindicalistas que estén interesados, a nivel global, pero creo que la prioridad debe ser dotar de contenido a la solidaridad internacional y sentar unas bases sólidas para el trabajo conjunto. Si la nueva Internacional consigue hacer esto, se asegurará de contar con el interés de aquellas organizaciones que busquen plantear una alternativa sindicalista revolucionaria real y no solo en ponerse una etiqueta. Cualquier crecimiento, para tener fundamento, se debe dar de forma orgánica, partiendo de relaciones de trabajo. Hay, por tanto, que empezar por desarrollar ese trabajo.

Y a largo plazo, la revolución social planetaria, ¿no?

-Finalmente, ¿podéis hacer alguna valoración general del panorama político y económico internacional, desde un punto de vista global?

Desde mi punto de vista, y ésta es una opinión personal, obviamente, la principal característica del mundo actual, a un nivel político e intelectual, es la ausencia de un proyecto revolucionario de transformación social. Por primera vez desde la aparición de la modernidad, la cultura occidental parece haber agotado su dialéctica de oposición interna. Si desde el siglo XVII, por lo menos en un nivel meramente intelectual, siempre había existido una tensión ente diferentes corrientes en el seno de las sociedades occidentales, ésta ha desaparecido, como forma consciente y articulada, desde el fracaso del marxismo, la derrota manu militari del anarquismo y la domesticación del movimiento obrero. Esto se traduce en una serie de síntomas muy evidentes: la incapacidad de la izquierda de plantear alternativas, ni siquiera conceptuales, a los sistemas vigentes; la repetición de mantras o el aferrarse a modelos caducos por parte de los sectores recalcitrantes, por ejemplo, lanzando una vez tras otra proyectos electorales que no pueden conducir a nada o aferrándose a internacionales que no son operativas; la desorientación absoluta de las movilizaciones de oposición, en cuanto van más allá de aspectos muy concretos; el retorno al nacionalismo y a la xenofobia de quienes no se reconocen ya en una izquierda sin proyecto; el auge del populismo basado en el miedo y la incertidumbre y un largo etcétera.

No se me escapa la enormidad de esta afirmación. Tampoco que sería fácil encontrar ejemplos que la contradicen, algo por otro lado normal en un planteamiento tan amplio. Creo que serían las excepciones que confirman la regla. En todo caso, las características del panorama político y económico global son síntomas de este problema de fondo. Es urgente, por lo tanto, para enfrentarse a los muchos aspectos negativos de la situación, volver a poner sobre la mesa un proyecto revolucionario de transformación social a escala planetaria. Y hacerlo de forma práctica, no solo en el discurso o en el nivel teórico, que también. Es decir, la tarea a la que nos enfrentamos es nada menos que articular un proyecto donde todos los proyectos se han agotado y hacerlo, además, de manera que incida en la realidad social actual y que permita la incorporación de amplias capas de la población. Creo sinceramente que esto solo se puede hacer en clave libertaria, mediante organización no jerárquica desde la base y rechazando los cantos de sirena del electoralismo, apostando por la autogestión y la acción directa.

En ese sentido, me parece que a menudo no somos conscientes del papel que juega la CNT actual, como nodo en este contexto. No el único, desde luego, y por supuesto mejorable en muchos sentidos. Pero me parece que nuestro modelo sindical, los acuerdos de nuestros últimos congresos, el programa de 10 puntos que han aprobado recientemente los compañeros catalanes y las compañeras catalanas, la incorporación efectiva de una perspectiva de género a nuestra práctica, etc.; todo ello habla de un esfuerzo importante por aterrizar planteamientos consecuentemente revolucionarios y transformadores, anarcosindicalistas, en un contexto social, económico y político concreto. Sin duda se podría hacer mejor en una situación ideal, avanzamos mediante prueba y error, y nos equivocamos y equivocaremos muchas veces, pero avanzamos: CNT es el proyecto y la alternativa que hace falta y que estamos construyendo todos y todas por la vía de los hechos.

Volviendo al terreno internacional, se están dando intentos de llenar este vacío de proyectos revolucionarios amplios con propuestas muy imaginativas e igualmente aterrizadas a situaciones concretas. Casi sin dudarlo, el caso más obvio e interesante sea Rojava y el Confederalismo Democrático. Pero no por eso debemos hacer de menos el papel de CNT y otras organizaciones hermanas en este ámbito global. No en vano, en los últimos años nuestra proyección internacional se ha disparado y se ha despertado un merecido interés por nuestro modelo y nuestras propuestas. Creo que la nueva internacional tiene un papel muy importante que jugar en este sentido, como proyección al nivel global de esta voluntad de ser alternativa revolucionaria, y tengo la confianza en que conseguirá dar forma a este proyecto práctico y teórico tan necesario.

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